Rosa, Jenny y Estefany se conocieron bajo las luces tenues del bar Cadillac. Las mujeres, que no pasaban de los 33 años, trabajaban en el “table dance” como bailarinas.
Todas las historias, vertidas en la averiguación previa FDTP/TP-1/T1/030/13-06, detallan su contexto familiar y cómo llegaron al “table dance”.
Problemas familiares, económicos o aspiraciones personales -según explican- las llevaron a bailar ahí.
La venezolana. Rosa, de 33 años, pasó de ser niña de la calle, en Venezuela -su país de origen-, a edecán de la marca Revlon. Tenía nueve hermanos y, según narró, su niñez siempre estuvo a la sombra de la violencia psicológica y física.
“A los ocho años salí de mi domicilio y me fui a vivir a la calle, viviendo en la calle sola, debajo de puentes o donde pudiera quedarme a dormir”, contó a las autoridades.
En su país era común que el gobierno enviara a los niños de la calle a un hogar. Rosa tuvo suerte: encontró a una mujer que le dio cobijo y la trató como otro miembro más de su familia.
“Yo le ayudaba con los quehaceres de la casa, pero ella no me obligaba, yo lo hacía en agradecimiento por lo que ella me daba”, detalló.
Sin embargo, cuando Rosa cumplió 14 años, la mujer que la cuidó, falleció. Esto la obligó a regresar a casa, con su madre, pero la situación no mejoró.
A los 16 años se casó y tuvo a sus primeros dos hijos. La relación con su pareja estuvo lejos de ser color de rosa, lo que la obligó a separarse y, por tanto, enfrentar sola la situación económica.
La venta de ropa y perfumes le abrió otros caminos, pues conoció a otras personas, una de ellas la hizo edecán en la marca de cosméticos Revlon.
Años después, en medio de la situación económica y política en Venezuela, Rosa viajó a México y se estableció en Guadalajara. En esa entidad le ofrecieron un trabajo de recepcionista y, a los seis meses, pagó los pasajes de sus hijos para que vivieran con ella.
Cuando todo parecía ir bien, la mujer perdió su trabajo. Fue así como comenzó a bailar en un “table dance” en Guadalajara, donde ganaba al día cerca de dos mil pesos.
Por recomendación de una de sus amigas, Rosa viajó al Distrito Federal para ganar más dinero. Y fue así como hizo pruebas en el bar Cadillac; sin embargo, en su primera visita fue rechazada.
“No me dieron el trabajo porque me mencionaron que estaba gorda, así que regresé a Guadalajara, comenzando a cuidar mi alimentación y a realizar ejercicio y, una vez que bajé de peso, decidí nuevamente venir al Distrito Federal, al ‘table dance’ Cadillac a pedir trabajo”, relató.
La paracaidista. Jenny es de Venezuela, pero vivió varios años en Barcelona, España, debido a que su mamá era diseñadora de trajes de baño y era en esa ciudad donde presentaba su línea de ropa.
Cuando trabajó como bailarina en el Cadillac tenía 33 años; lo hizo porque tenía que pagar una deuda que adquirió por comprar un equipo de paracaidismo.
Jenny llegó a México por casualidades.
Su mamá perdió su empleo en Barcelona, lo que las obligó a regresar Venezuela. A los 18 años, decidió viajar a México, donde ingresó como turista.
Durante este tiempo se dedicó a la fotografía, pero después, en una fiesta de trabajo, conoció a alguien dedicado al paracaidismo, lo que le gustó.
Tanto fue su afición por esta actividad, que se hizo instructora. Sus gastos eran cubiertos dando clases, pero después decidió comprar su propio equipo, lo que le implicó una deuda.
Una de sus amigas le comentó del Cadillac. “Deja buenas ganancias”, le expresó. Fue así como se animó a trabajar en el “table dance”.
Jenny fue contratada por el gerente del bar dos semanas antes de que lo cerraran tras un operativo por trata de personas.
La estudiante. De 22 años de edad, Estafany llegó al bar Cadillac para pagarse sus estudios de preparatoria en una universidad privada, ubicada en la colonia Roma.
“Yo quería trabajar porque ya no quería depender tanto económicamente de mi mamá, para poder comprarme ropa y salir a lugares sin pedirle a mi mamá”, contó.
Se hizo bailarina, tras conocer a una mujer en el gimnasio al que iba y que trabajaba en el Bar Cadillac. Luego de unos días, decidió probarse en el lugar.
“Ese día subí a la pista, pero a mí me dio mucha pena, yo no me quité la ropa”, relató.
Sin embargo, después vio el movimiento del lugar y, en una noche, podía obtener hasta 10 boletos en una noche, los cuales le traían una ganancia de 250 pesos cada uno.