Yo estaba acostumbrado a ver comprar y vender y tenía muchos conocidos metidos en traer mercancías de Tánger, que en aquella época era zona internacional. Además, conocía bien a Alfonso Morales, hermano de mi padrino Mariano, y a Álvaro Tavío, cuyo hermano, Arturo, era secretario de la Embajada Española en la citada ciudad del país marroquí. Ellos se dedicaban a traer a España relojes, juegos de plumas y bolígrafos, así como pequeños lingotes de oro de 24 quilates, en placas de 100 gramos. De manera que hablé con ellos para ver si me vendían a buen precio algunos productos de su mercancía, con el objetivo de venderlos yo después. Sobre la marcha me dijeron que sí. Alfonso me dio 12 relojes Cauni de caballero, otros 12 de señoras, y una docena de plumas y bolígrafos Chafer chapados en oro. Álvaro me dio 24 relojes de la marca Docma, mitad de caballero y mitad de señora. ¡Todo un capital en aquella época!
El parque de Santa Catalina era el centro de todos los negocios. Allí se podía conseguir lo que uno quisiera, desde un queso majorero hasta hacer tratos para comprar un camello, o cabras a los moros. Santa Catalina también era el centro de la vida social de la ciudad. Allí se encontraba el Bar Casa Blanca, de Pepe Luis, que estaba hasta los topes todo el día. Lo mismo ocurría en el Bar La Peña, en el que a la derecha se sentaban a tomar copas y café falangistas como los Validos, los Jiménez, los Naranjos o los Hernández. La zona izquierda era el lugar en el que se ponían los masones. Entre estos últimos se encontraban don Manuel y don José Reina, ambos prácticos del Puerto; don Manuel Miranda, capitán del barco de Aviación Nazaret; don Mario Pons, que era almacenista; el cabo Vera, que llegó a ser administrador de la flota colombiana, y don Eliseo Jerez, que era el capitán del correíllo. Al ser amigos de ellos, también acudían al Bar La Peña mi padre y don Ángel Tristán, por cuya perfumería pasaban todos, al ser la única que había en el Puerto. Muchos de ellos, le debían a don Matías Vega el haber recuperado sus puestos de trabajo, que perdieron durante el Movimiento Nacional, sin posteriores persecuciones. De este modo, también se convirtieron todos ellos en mis padrinos.
A pesar de estas reuniones que se llevaban a cabo en los citados establecimientos, el verdadero punto donde se reunía la élite de Canarias era el Bar Guanche que regentaba mi querido amigo Ramón. Los negocios más grandes, cuyo mayor fuerte estaba en las divisas, se hacían almorzando o tomando copas en la barra. No había uno que no me conociera allí. Al Bar Guanche acudía don Agustín Peñate, que era exportador y destacaba entre todos ellos por su altura y elegancia; luego estaba don Antonio Martín, Alfonso Negrín, José Carlos Oramas, Paco y Oswaldo Fleita, Ángel Lento, don Ezequiel Hernández, Claudio y Eufemiano Fuentes, don Manuel Alonso, Manolo el Vasco, don José Escudero, (administrador del Puerto Franco), Ambrosio y Antonio Casanova. El único peninsular, entre todos ellos, era el capitán de Aviación, casado con una hermana de Eladio Fuentes.
Recuerdo de aquellos días también a don Antonio, el redero y a mi querido amigo Pepe Bernard, maestro de todos los limpiabotas que paraba desde el Bar Casablanca hasta El Guanche. Él conocía bien todos los negocios y secretos de las personas del parque de Santa Catalina, ya fuesen ricos o pobres, pues en ninguna reunión de negocios en las que él estaba presente limpiando zapatos se escondían de hablar cosas importantes, ya que era conocido por su discreción y confianza.
La misma tarde que Alfonso y Álvaro me dejaron los relojes y plumas, les fui a pagar la mercancía. Como si mismamente fuera hoy, recuerdo que esa mañana gané 97.000 pesetas de la época. Les pedí que me dieran la misma cantidad, mas me dieron lo que les quedaba: una decena de relojes de caballero y seis de señora de la marca Cauni, y 12 juegos de plumas. Poco después estaban vendidos y pagados, quedándome una ganancia de 37.000 pesetas. Nunca se me olvidará que así comenzaron mis primeros pasos en el contrabando.
Después de esta jornada, me entrevisté con mi amigo y padrino Pedro Monzón, a quien le cuento lo que había ganado en dos días 134.000, una auténtica fortuna en 1947. Entonces Pedro me dijo que hablase con mis otros padrinos, don José y don Manuel Reina (que había estado desterrado en Tánger), para que este me diese una carta de recomendación para algún hermano suyo. “Yo te doy 400.000 y te vas a Tánger y compras por tu cuenta y la compra la metes en la lancha de Juan Canseco y ya en Tenerife la recoge Manolo Muñoz y Óscar Arteaga, con quienes yo hablaré”, me dijo también Monzón. Así hice. Hablé con mis padrinos y éstos sobre la marcha me hicieron la carta de presentación dirigida a don Manuel Chinchilla, venerable maestro grado 33 de la Logia del Valle de Tánger, en exilio.
Así que preparé el viaje y le entrego a mi padrino Álvaro Tavío 500.000 para que su hermano Arturo, secretario de la Embajada Española en Tánger, me lo devolviese en dólares. Me trasladé en barco desde Las Palmas hasta Casablanca y desde allí, fui a Tánger en taxi donde me esperaba mi contacto, don Manuel Chinchilla, en la cafetería Normandy del Bulevar. Me había empaquetado a mi aire, con mi traje gris perla, corbata haciendo juego y zapatos con tal brillo que encandilaba. Al llegar al punto de encuentro, le pregunté al camarero, quien me indicó una mesa en la que había otros señores con Chinchilla, que se sorprendieron al verme así vestido. Y es que yo tenía 29 años y en Las Palmas no había ni uno en aquella época que se trajeara como yo, ni que tuviera más agallas, ya que no tenía miedo a nada. Lo primero que me preguntó Manuel Chinchilla es cómo estaba su hermano Manuel y yo les conté que era el jefe de los prácticos. Después me presentó a los demás como su propio ahijado. Fue así como conocí a don José Montes, que controlaba todo el contrabando de tabaco de Portugal; a don José Fernández, que controlaba el contrabando del sur de España; a don Andrés Tomillero, que dominaba todo el contrabando de la Línea de la Concepción y a don Esteban Romero, que era el encargado de compra de la compañía de Tenerife. Conocía también a don Adán Bello, consignatario de todas las lanchas de Tánger y hermano del presidente del Cabildo de Tenerife; a Juan Canceco, palmero de nacimiento, que tenía dos lanchas: una transportaba tabaco que iba para la Península, y la otra iba para Tenerife con 3.000 cajas de cigarrillos más la paquetería que le suministraba a los indios Dalamar, Cherson y Emporio (los más fuertes en Canarias). Don Ángel Pimentel, también palmero, se dedicaba al contrabando de tabaco con dos socios en Tenerife (uno un auténtico maestro del póker y de la ruleta). Estaba también don Arturo Tavío, secretario de la embajada Española en Tánger. Cenamos en un restaurante del Faro de Marabata y luego nos fuimos al casino, donde no cabía ni un alma. Recuerdo que Canceco y Pimentel ganaron 900.000 pesetas. Terminamos la noche en la sala de fiesta más grande de Europa, el Nido Cursal de Tánger. A las cuatro de la madrugada me dejó Andrés Tomillero en el hotel y quedó en recogerme a las 11 de la mañana. Así fue. Me recogió en su coche, un Pontiac descapotable rojo que quitaba el sentido. Fuimos a ver a un judío que era representante de los relojes Docma, Cauni y de las plumas Chafer y Parker y le compré un centenar de relojes Docma y Cauni de caballero, 50 de señora, 100 juegos de plumas Chafer y Parker. Cuando acabamos, fuimos a ver a otro hebreo, que en este caso era representante de tejidos. Le pedí tela inglesa de trajes de caballero y me sacó un catálogo de lanas en cuyo ribete, aparecía el nombre de la fábrica y la clave para demostrar que era de procedencia inglesa. ¡Abrí los ojos como una lechuza!
El dinero que me quedaba no me daba sino para 100 cortes de traje, y así se lo dije a mi padrino Andrés me aconsejó que comprase lo que yo creyese que podía vender y que ya le mandaría el dinero con Álvaro. El centenar de trajes con el que me hice eran gris oscuro, gris perla, azul marino, azul claro y negro. Compré también 200 camisas italianas de tres medidas y colores, 50 piezas de 50 metros de seda natural y 1.000 pares de medias, todo ello por 400.000 pesetas. Me acordaré toda la vida de las palabras de Andrés: “¿Solo eso vas a llevar?”. Le di toda la mercancía al transitario Adán Bello para que lo despachara a la lancha de Canceco que salía aquella noche con destino a Monrovia (esa era la única manera de que pudiese salir de manera legal de Marruecos). En alta mar cambiaba de rumbo a las Islas Salvajes y ahí esperaban la contraseña para descargar en Tenerife.
Yo viajé a Madrid por la tarde y ahí cogí el vuelo a Las Palmas por la noche. Llegué a las 12 de la noche. Conmigo había traído diez relojes, diez metros de seda, seis camisas, dos juegos de plumas, cuatro relojes, una docena de medias y un muestrario de la tela de lana inglesa y seda natural. El lunes preparé mi muestrario y me dirigí primero donde el sastre Riera, que era quien me hacía los trajes a mí, en mi misma calle de Padre Cueto. Riera vio las telas y, tras darle precios, se quedó con una decena de piezas y 20 camisas. Después fui a ver a un par de personas que se dedicaban a la venta a plazos, y les vendí las muestras de tela y camisas que me quedaban a todos los amigos del Bar La Peña y El Guanche. ¡Había vendido todo lo que me traje conmigo antes de que llegase el resto de la mercancía! Esperaba también recibir una docena de pañuelos y cuatro cajas de barajas de mujeres desnudas que me habían encargado los cambulloneros.
En aquella época, yo vivía en la calle Saucillo y paraba muchas tardes en el taller de mi amigo Julio, con quien trabajaba de pintor Ignacio Viera. En su casa, precisamente, es donde deposité toda la mercancía que traje de Tánger, que no me duró ni diez días y que me dejó una ganancia de 2.100.000 de pesetas de la época. El hijo de Ignacio, es el famoso humorista canario Manolo Viera, quien era tan solo un niño en aquel entonces que aprendió a conducir en el coche Morris que yo tenía. El pequeño Manuel también aprendió a guardar el secreto en lo que al contrabando se refiere. Le perdí la pista cuando me mudé a Teror.
En mis inicios, la cuna del contrabando de tabaco era Tenerife. El quiosco Los Paragüitas era el cuartel general en el que se reunían la compaña de Emiliano, los hermanos Jerez, Pancho, Manolo, El Tanguista; Óscar Arteaga, Manolo, El Gomero; la compaña de Juan Pérez, Canceco, la compaña de Esteban Romero y la de Ángel Pimentel. Y es que el tabaco americano se traía a Las Palmas de Gran Canaria desde Tenerife, en los barcos de cabotaje y correíllos, tanto por mayordomos como por marineros.
La compaña en Las Palmas se creó cuatro años después de que la de Tenerife estuviera operativa y empezó a desviarse a la gente a la capital grancanaria y se compraron lanchas, pues fletar unas con 3.000 cajas de 50 cartones se llevaba un 30% de los beneficios. Las lanchas eran los cazas submarinos de la Segunda Guerra Mundial. Se compraron en Inglaterra y se traían a Gibraltar. Allí les quitaban los dos motores de bandas, dejando solo el central de gasolina, y se le ponían de gasoil. Tenían 33 metros de eslora, siete de manga y 2,5 de puntal. Podían navegar 30 millas a tope y en la cubierta de ellas se cargaban 3.000 cajas de paquetería para los indios. En aquel entonces también se dedicaban al contrabando las lanchas: Dalas, las Wildove, el Flor de Liz, el Siroco, el Tifón y las cuatro de los italianos Lacapria. El mayor representante del tabaco americano y de la Banca Pariente (donde se hacía el cambio de divisas) era Ben Simon y Buchard. El dinero para las compras, entre 50 y 60 millones de pesetas, iban metidos en sacos de lona en la lancha para Tánger, donde se cambiaban a dólares. Las lanchas iban dos o tres veces al mes a Tenerife y cuando se crea la compaña de Las Palmas de Gran Canaria, la actividad no se realiza bajo ningún tipo de contrato, sino que cada uno aportaba el dinero que quisiera para comprar la mercancía y después se repartían los beneficios en proporción a lo puesto. El jefe de operaciones de nuestra compaña era mi padrino Federico Monzón Hernández, los tesoreros eran Luis Barroso y Germán Suárez, Abadín se ocupaba de la información y el contacto, la venta era cosa de Antonio Mentado, mientras que yo me encargaba del enlace y los servicios.
Nuestra lancha salía de Tánger y cuando estaba a 50 millas de la costa conectaba con nuestra emisora para ver cómo estaba la situación. Si la cosa estaba clara se le daba instrucciones para que entrase y fuese a donde le esperábamos, en la baja del Palo con una falúa que llevaba de remolque un canote langostero. El personal descargaba las 1.500 cajas de 50 cartones de cigarrillos en apenas dos horas en el Muelle de Martinón en el Sanapú. En la noche era cuando se entregaban a los compradores, quienes llevaban la mercancía a vender a la Península en barcos como el Villa de Madrid, el Poeta o los de Pinillos, así como en los aviones de la Aviación que iban vacíos a la Península. A los dos años de estar operando en Tánger, esta deja de ser internacional y nuestra lancha fue apresada en Tenerife por culpa de un par de listos. Este fue el fin para el contrabando de tabaco y para las compañas.
Poco después el puerto se abrió cuando España le dio base en Canarias a la flota pesquera española y a la extranjera como Puerto de carga, descarga y pertrecho. Esto provocó la llegada en avalancha de peninsulares proveedores de buques, de talleres, personal cualificado electrónica, mecánicos y de otros oficios. Nació una nueva forma de contrabando de tabaco que controlaba en exclusiva mi padrino Mariano Morales, que trabajaba en la aduana como proveedor de buques, ya que el tabaco que llegaba a Interpor no se podía vender en plaza. ¡Era un negocio bordado! El capitán del barco que quisiera hacer el pedido, solicitaba 100 cajas de las cuales tan solo compraban 20 y las 80 restantes se repartían entre los varones de la ciudad y se vendían en plaza. Algo parecido ocurría con el pescado, cuyos principales contrabandistas eran un canario y tres peninsulares afincados en la Isla. Ellos esperaban la llegada de flotas de Rusia, Corea o Italia, por ejemplo, a quienes les compraban el pescado que luego vendían aquí o mandaban a la Península en cajas en las que figuraba que provenían de barcos con base en Las Palmas. Porque a España el pescado que podía entrar tenían que ser de los barcos que tenían su base aquí. Se llevaban las cajas a los almacenes de dicha sociedad, se cambiaban las cajas de cualquier barco de ellos con base en Las Palmas y salían para Península sin ningún problema.
De todos nosotros, los que nos dedicamos al contrabando en Tánger, el único que enganchó al negocio del pescado fue mi padrino Pedro Monzón. Yo, en concreto, durante esta época tenía el primer y único astillero de construcción de barcos de acero en todo el Archipiélago, que desapareció por el engaño de dos políticos. Al igual que ocurrió con anterioridad, el negocio del contrabando del pescado llegó a su final. Esta es la verdadera historia de esta práctica en Canarias, a la que yo me dediqué durante dos décadas de mi vida.